El 25 de junio de 1978, la Selección Argentina se consagró campeona del mundo por primera vez al vencer 3-1 a Países Bajos en el Estadio Monumental, en un partido histórico que definió Mario Kempes.
El 25 de junio de 1978 marcó un hito en la historia del deporte argentino. Bajo un clima de gran expectativa, la Selección Argentina se enfrentó a Países Bajos en la final del Mundial, en un Estadio Monumental cubierto por una alfombra de papelitos. Mario Alberto Kempes, el único futbolista del plantel que actuaba en el extranjero, se convirtió en la figura clave del torneo.
César Luis Menotti, director técnico del equipo, impuso un estilo de juego basado en la posesión y la vocación ofensiva. Confiaba plenamente en Kempes, a quien consideraba un jugador total. La final comenzó con alta intensidad. A los 38 minutos del primer tiempo, Kempes recibió un pase de Leopoldo Luque, eludió a dos defensores y anotó el primer gol. El partido fue físico y disputado. Países Bajos logró el empate a falta de pocos minutos, forzando una prórroga dramática.
En el tiempo suplementario, Kempes volvió a marcar a los 105 minutos, dando una ventaja crucial a Argentina. El tercer gol, obra de Daniel Bertoni tras una asistencia de Kempes, selló el resultado final de 3-1. El árbitro Sergio Gonella marcó el final y Argentina se adjudicó su primera Copa del Mundo, iniciando una era de prestigio internacional para el fútbol sudamericano.
Kempes finalizó el certamen como máximo goleador y mejor jugador. La lluvia de papelitos, una iniciativa popular, se convirtió en un símbolo de aquella jornada. La influencia de Menotti fue determinante para profesionalizar las estructuras de la Selección, estableciendo pautas que serían base para futuras generaciones. El mediocampo integrado por figuras como Osvaldo Ardiles y Américo Gallego aportó equilibrio y permitió el lucimiento de los delanteros.
La Copa del Mundo de 1978 dejó un legado estadístico y una huella emocional en el hincha argentino. Fue la primera vez que el trofeo permaneció en Buenos Aires. El equipo venció a rivales como Francia, Hungría, Polonia, Brasil y Perú antes de la final, mostrando una regularidad que confirmó el éxito de una planificación iniciada años antes.
