El asesinato de un alumno de 13 años en una escuela de San Cristóbal desató una ola de alertas en todo el país. En las últimas semanas, al menos veinte establecimientos educativos de distintas provincias activaron protocolos ante amenazas de tiroteos, y en Salta se registraron más de 100 denuncias.
La mañana en la Escuela Mariano Moreno de San Cristóbal, Santa Fe, quedó marcada como una frontera. Hasta ese día, la violencia escolar en la Argentina podía parecer una suma dispersa de episodios como peleas filmadas, amenazas en redes, hostigamientos en los pasillos o cuchillos encontrados en mochilas. Pero cuando un alumno de 15 años abrió fuego dentro del establecimiento y mató a Ian Cabrera, de 13, el país asistió a una escena que hasta hace poco se creía ajena: la irrupción del terror en el corazón de la escuela.
Desde entonces, lo que era alarma se transformó en sistema de alerta. En las últimas semanas, al menos veinte escuelas de distintas provincias activaron protocolos por amenazas de tiroteos. Los mensajes aparecieron en baños, paredes y cuadernos sin eufemismos: “mañana tiros”, “llueven balas”, fechas señaladas como si se tratara de una cuenta regresiva. Hubo casos en Ciudad de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Tucumán y Santa Fe. Por su parte, en Salta se conocieron más de 100 denuncias y 17 personas ya fueron individualizadas por la Policía.
En muchos colegios se suspendieron clases y hasta bajó la asistencia por decisión de las familias. La postal de época tiene una crudeza inédita. En algunos establecimientos los alumnos dejaron de llevar mochilas y asistieron con bolsas plásticas transparentes para facilitar controles en los ingresos. En otros, el personal directivo revisó pertenencias y se reforzó la vigilancia en articulación con fuerzas de seguridad. Así, la escuela, símbolo histórico de resguardo, comenzó a incorporar rutinas propias de escenarios de crisis.
Voz autorizada. Andrea Kaplan, especialista y autora del libro “Violencia en las escuelas” (Editorial El Ateneo), consultada por NOTICIAS propone una mirada menos impulsiva y más profunda: “Lo primero que debemos repetir es que la violencia que irrumpe en las escuelas es, ante todo, social”. Y advierte que reducir estos hechos a “cosas de chicos” o, en el extremo opuesto, “entregarse al pánico colectivo”, impide comprender una problemática compleja. “La escuela –dice– funciona como caja de resonancia de una sociedad atravesada por la desigualdad, el desamparo, discursos agresivos y fascinación por las armas”.
El diagnóstico de Kaplan apunta a un cambio cultural: “No concebimos que las escuelas y los chicos se asocien a violencias de semejante magnitud”. Sin embargo, la frontera entre lo que ocurre fuera y dentro del aula se volvió porosa. Las redes sociales amplifican amenazas, replican desafíos virales y convierten una intimidación local en fenómeno nacional en cuestión de horas. Un mensaje anónimo en un baño puede terminar en cientos de capturas, cadenas de WhatsApp y padres retirando a sus hijos antes del timbre de salida.
Eso ocurrió en varios colegios porteños. En el Carlos Pellegrini y en el Instituto Vélez Sarsfield, pintadas intimidatorias obligaron a activar protocolos, convocar a la Policía y trabajar con fiscalías especializadas. Padres consultados describieron jornadas “traumatizantes”, con chats explotados de rumores y versiones contradictorias. La angustia ya no se limita al alumno, también alcanza a familias y docentes, atrapados entre la prudencia y la incertidumbre.
Placebos. La provincia de Buenos Aires avanzó con lineamientos específicos para situaciones de violencia y portación de armas blancas o elementos intimidatorios. La consigna oficial es preservar primero a estudiantes y personal, aislar al agresor si fuera posible, dar intervención inmediata a las autoridades y luego trabajar institucionalmente las consecuencias. Otras jurisdicciones reforzaron presencia policial en los accesos y anunciaron sanciones económicas a familias de menores responsables de amenazas falsas por el costo de los operativos.
Otro episodio reciente que completa el mapa sucedió en San Martín, donde un adolescente fue apuñalado en el cuello por una compañera a la salida del colegio. En otras provincias también hubo allanamientos a menores por amenazas difundidas en redes. Mendoza reportó centenares de activaciones preventivas en pocos días. No se trata de una sola modalidad delictiva, sino de un ecosistema de agresiones donde conviven violencia física, intimidación simbólica, exhibición digital y contagio imitativo.
Uno de los factores determinantes es la propagación del suceso. Antes, una pelea escolar quedaba encerrada entre cuatro paredes. Hoy se filma, se comparte, se comenta y, lo que es peor, se imita o se toma como opción. Cambió también la estética de la amenaza. Armas exhibidas en estados de WhatsApp, mensajes calcados de series y videojuegos o lenguaje performático del miedo. También cambió el lugar de los adultos, muchas veces desbordados por códigos juveniles que circulan más rápido que cualquier respuesta institucional.
Kaplan insiste en que la urgencia no debe eclipsar lo esencial y señala: “La improvisación y la minimización no son opciones posibles”. Pasado el momento crítico, viene un tiempo más profundo y probablemente menos espectacular: el de repensar la escuela y la sociedad.
