El pensamiento del magnate tecnológico Peter Thiel, reciente visitante de Buenos Aires, pone en cuestión la eficacia de la democracia liberal frente a la velocidad del cambio tecnológico. Un análisis de las tensiones entre libertad, control y gobernanza.
¿Puede la democracia liberal ser eficaz para gobernar el mundo que viene? Es una pregunta que resuena en distintos ámbitos, y que en Argentina ha cobrado fuerza a partir de dos textos recientes de Tomás Borovinsky —una entrevista de Luciana Vázquez en La Nación y un artículo en Panamá Revista— que analizan el pensamiento de Peter Thiel, cofundador de PayPal y Palantir, quien acaba de visitar Buenos Aires para reunirse con el presidente Javier Milei.
Para Thiel, la respuesta es clara: la democracia no entrega resultados a la velocidad que el mundo exige. En un ensayo de 2009 lo escribió sin rodeos: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Su crítica no apunta solo al Estado administrativo surgido del New Deal, sino al orden político construido después de 1945: el multilateralismo, el Estado de bienestar y la democracia liberal como norma global.
Lo que estas corrientes proponen es, en palabras de Borovinsky, “un Roosevelt al revés”. La democracia liberal es lenta a los ojos de hoy porque así fue diseñada originalmente. Fue construida sobre una premisa del siglo XVIII: el poder corrompe, y ningún actor —ni el Estado, ni el mercado, ni un tecnólogo brillante— merece confianza ilimitada. Los frenos y contrapesos, la división de poderes y la deliberación parlamentaria son la expresión institucional de esa desconfianza fundacional.
El orden de 1945 agregó una segunda capa: los controles nacionales existían en la Alemania de Weimar y no alcanzaron para frenar el nazismo. La lección fue brutal. De ahí la ONU, la Declaración Universal de Derechos Humanos, los tribunales internacionales. Una arquitectura construida sobre el miedo y el recuerdo de lo que ocurre cuando el poder decide sin discusión alguna.
El problema es que esa arquitectura fue diseñada para un mundo mucho más lento. Hoy enfrenta dos presiones simultáneas: la inteligencia artificial, que permite lanzar tecnologías que afectan a millones en semanas mientras la regulación democrática tarda años; y la ansiedad ciudadana, que comprimió la ventana de tolerancia política en momentos en que los problemas se volvieron más complejos.
En ese diagnóstico, Thiel no está equivocado. Pero aceptar su diagnóstico no obliga a aceptar su conclusión: reemplazar la lógica democrática por una tecnocrática donde quienes tienen capacidad técnica decidan sin la fricción de la representación popular. Hay una diferencia crucial entre decir que el diseño democrático actual es insuficiente y decir que el principio democrático —la desconfianza institucionalizada en el poder— es obsoleto.
Cada vez que el poder se concentró sin controles, la historia documentó el resultado. Thiel cree que esta vez es distinto. Puede que tenga razón. Pero sin mecanismos de corrección, equivocarse puede ser muy caro. La pregunta crucial es otra: ¿cómo se rediseña la desconfianza institucionalizada para que siga cumpliendo su función protectora a una velocidad que el mundo actual pueda procesar?
No hay respuesta completa. Pero los bancos centrales independientes, las asambleas ciudadanas elegidas por sorteo y los marcos regulatorios adaptativos muestran direcciones posibles. Son parches parciales. Pero tienen una ventaja sobre la propuesta de Thiel: preservan la posibilidad de corregir. Y esa posibilidad es exactamente lo que la certeza tecnocrática no puede garantizar, aunque sea tentadora.
