En el nordeste de Brasil, a más de 4.700 kilómetros de la capital argentina, existe un municipio de 13.000 habitantes que lleva el nombre de Buenos Aires. Su origen se remonta a un ingenio azucarero del siglo XVIII y hoy es el escenario de un documental que se estrenará antes del Mundial 2026.
Mundial de Qatar 2022. Las calles de Buenos Aires están en llamas. Bombas de estruendo revientan en cada gol argentino. Los gritos de “dale campeón” se propagan de vereda en vereda, de ventana en ventana, como si la alegría fuera un incendio que nadie quisiera apagar. Los hombres salen corriendo con la camiseta celeste y blanca, los chicos celebran sin entender del todo por qué, y los ancianos interrumpen su partida de dominó para mirar hacia arriba, agradeciendo al cielo. Cualquiera podría imaginar estas escenas en medio del bochinche del barrio de La Boca, o en Palermo, o en cualquier rincón de la ciudad. Sin embargo, estamos en Pernambuco, nordeste de Brasil, a 4.722 kilómetros de la capital argentina, en un municipio que cultiva caña de azúcar, baila maracatu y se llama, desde hace casi un siglo, Buenos Aires.
En enero de 1999, Leonardo Caponi llegó a Recife desde Realicó, un pueblo del norte de La Pampa, enviado por la empresa para la que trabajaba a instalar un sistema de lotería. Pocos meses después conoció a Josiane, que sería su esposa. Un día, casi por casualidad, vio su documento de identidad. Lugar de nacimiento: Buenos Aires. “Me dijo en broma que había nacido en Argentina, pero que había venido de chica a Brasil y por eso no sabía hablar español. Lo creí por un momento”, recuerda. “Pero después me contó sobre el pueblo, y eso me pareció más increíble aún”, agrega. Caponi notó algo que cualquier argentino notaría: el nombre estaba escrito en español. En portugués debería ser Bons Ares. Esa rareza lo intrigó durante años.
Hoy, más de un cuarto de siglo después, Leonardo Caponi es el único argentino que vive en Buenos Aires. El único extranjero, de hecho, en un pueblo de 13.000 personas. La calle donde vive tiene nombre oficial, pero los vecinos la conocen de otra manera: a rua do argentino.
El origen del nombre es una historia que se cuenta de muchas formas, y esa multiplicidad de versiones dice algo sobre la naturaleza de los lugares que necesitan inventarse una identidad. La versión que se escucha con más frecuencia es que el pueblo se llamó primero Jacú, en honor a una especie de ave negra que abundaba en la zona. Pero Caponi, que desde hace quince años recorre la región con un detector de metales buscando reliquias del pasado —y que sueña con abrir algún día un pequeño museo para donarlo al pueblo—, encontró algo que desacomoda esa historia. “Un día, estudiando mapas antiguos, encontré uno de fines del siglo XIX donde aparecían Buenos Aires y Jacú como dos lugares diferentes, separados por pocos kilómetros. Fue ahí que entendí que había una confusión histórica, algo que no encajaba, y me propuse descubrirlo”, relata.
Lo que Caponi reconstruyó es esto: a fines del siglo XVIII ya existía en la región un ingenio azucarero, ese pequeño “estado cuasi medieval” donde la vida giraba alrededor de la plantación, la cosecha y el procesamiento de la caña. El dueño del ingenio, un tiempo después, trajo a un cura para dar misa y orientar a patrones, trabajadores libres y esclavizados sobre los misterios de la fe cristiana. El sacerdote, que según la crónica local había conocido Buenos Aires, la capital del Río de la Plata, dijo al llegar que el aire del lugar le recordaba al de aquella ciudad lejana. El dueño del ingenio aceptó el bautismo. El lugar pasó a llamarse Buenos Aires. No hay forma de verificar qué vio exactamente ese cura cuando miró los campos de caña colorada y respiró el aire húmedo de la Zona da Mata Norte. Quizás vio algo. Quizás solo quiso nombrar la nostalgia.
Con el tiempo, más casas fueron rodeando al pequeño grupo original. En 1920 fue reconocido como distrito, en 1928 obtuvo el estatus de villa y en 1963 se emancipó definitivamente del municipio de Nazaré da Mata. Jacú, el otro ingenio, el del pájaro negro que ya no existe porque los cafetales y las selvas que lo alimentaban fueron arrasados por la expansión cañera, quedó como un nombre que la historia confundió con el propio.
Para llegar a Buenos Aires hay que querer llegar. La ciudad no queda de paso hacia ningún otro lugar. Está a 79 kilómetros de Recife, pero es una distancia que funciona como un umbral: quien la cruza lo hace con propósito. Tuca Siqueira, directora y guionista recifense con más de 20 años de trabajo en el campo audiovisual, llegó por primera vez a través de un libro de fotografías de Josivan Rodrigues. Le dio curiosidad. Volvió varias veces. En 2017 consiguió financiamiento para desarrollar el guion de un documental, que finalmente filmó durante el Mundial de 2022. El resultado de esos años de investigación y rodaje es Buenos Aires, un largometraje documental que se estrenará en cines el 12 de junio —días antes del inicio del Mundial 2026— en São Paulo, Río de Janeiro, Salvador, Recife, Fortaleza y Vitória. La película todavía está en proceso de negociación con plataformas de streaming brasileñas, y sus productores trabajan para que sea seleccionada en festivales y licenciada por plataformas argentinas y extranjeras.
