La implementación de inteligencia artificial en empresas argentinas está exponiendo procesos ineficientes y falta de criterio compartido, según un análisis de una asesora organizacional.
La inteligencia artificial (IA) no está transformando las organizaciones, sino que está revelando sus debilidades internas, según un análisis publicado por una asesora organizacional de empresarios y CEOs, que también asesora al Banco Mundial y fue socia de BDO.
La IA funciona como una especie de resonancia magnética empresarial, haciendo visibles procesos que permanecieron ocultos durante años: procesos innecesarios, exceso de autorizaciones, circuitos de decisión prolongados y burocracias no cuestionadas.
Dos empresas pueden adquirir la misma herramienta de IA, acceder a los mismos modelos y recibir las mismas recomendaciones. Sin embargo, una acelera decisiones, mejora resultados y encuentra oportunidades antes que la competencia. La otra incorpora más análisis, reportes y reuniones, pero mantiene la misma velocidad que antes.
La diferencia no radica en la tecnología, sino en la organización que la implementa. La IA está dejando al descubierto la calidad del criterio organizacional, definido como el modelo de pensamiento que alinea a las personas para lograr los objetivos de la empresa, basado en principios, prioridades y marcos de interpretación compartidos.
Cuando existe criterio organizacional, la empresa gana velocidad sin perder coherencia. Cuando no existe, cada área interpreta la realidad según su propia lógica, generando la necesidad de más reuniones, validaciones e intervención del CEO para avanzar.
La IA produce respuestas, pero el criterio organizacional define cuáles merecen transformarse en decisiones. La IA puede generar escenarios y sugerir prioridades, pero no puede decidir cuáles son las prioridades del negocio. Puede detectar oportunidades, pero no puede decidir cuáles perseguir. Puede acelerar el análisis, pero no puede construir alineamiento.
En una empresa que incorpora IA en áreas como Comercial, Finanzas, Operaciones y Recursos Humanos, cada sector recibe más información que nunca. La tecnología funciona perfectamente, pero la organización corre el riesgo de volverse más lenta porque aumentó la información disponible sin aumentar el criterio compartido para interpretarla.
Durante años las organizaciones discutieron cómo democratizar la información. La IA resolvió gran parte de ese problema, pero ahora aparece uno más complejo: democratizar el criterio. No se trata de que todos piensen igual, sino de que personas distintas interpreten situaciones distintas bajo una misma lógica de negocio.
Cuanta más IA incorpora una empresa, más importante se vuelve el criterio humano que la organiza. La coherencia no la produce la tecnología, sino el criterio, y construir ese criterio es una responsabilidad del CEO.
Si una empresa depende de que alguien piense por todos, la IA se transforma en un costo que multiplica información, escenarios y recomendaciones, pero la capacidad de decidir sigue atrapada en el mismo lugar. El cuello de botella deja de ser tecnológico y pasa a ser organizacional.
Se vislumbra una nueva fase de la IA. La primera fue tecnológica y la pregunta era qué se podía hacer con ella. La segunda fase es organizacional y la pregunta es qué vale la pena hacer con IA, es decir, dónde genera valor, acelera decisiones, mejora resultados y dónde agrega complejidad sin producir impacto real.
Durante décadas las empresas compitieron por recursos escasos: primero el capital, luego la información. Hoy la ecuación se está modificando. La economía industrial valorizó el capital. La economía del conocimiento valorizó la información. La economía de la IA podría valorizar el criterio organizacional como una capacidad colectiva para interpretar prioridades, asignar recursos y actuar bajo una misma lógica de negocio.
La IA puede producir respuestas, pero el criterio organizacional define cuáles merecen convertirse en decisiones, una responsabilidad indelegable del CEO como arquitecto del criterio organizacional.
