Tomás Rebord habló sobre el avance de la IA: “Hay un 10% de riesgo de que nos maten a todos”

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En una entrevista en Primera Mañana, el escritor y conductor Tomás Rebord analizó el desarrollo de la inteligencia artificial, los riesgos que implica y la relación de los humanos con la tecnología.

En una entrevista en el programa Primera Mañana, Tomás Rebord se refirió al avance de la inteligencia artificial (IA) y sostuvo que existe un 10% de probabilidades de que la IA termine con la humanidad en la próxima década. El escritor y conductor analizó las paradojas del desarrollo tecnológico y la relación de las personas con estas herramientas.

Rebord señaló que, pese a las advertencias sobre riesgos civilizatorios, las empresas continúan desarrollando IA. “Si no llegamos nosotros primero, llegará otro”, afirmó, y mencionó que compañías como Anthropic pueden creer tener mejores intenciones que sus competidores, pero eso no elimina la carrera. Según Rebord, la discusión deja de ser tecnológica y se vuelve política: qué ocurre cuando empresas privadas deciden cuánto poder acumular y cuánto riesgo aceptar.

El conductor imaginó una suerte de “ONU de la IA”, un mecanismo de coordinación para poner límites a una competencia que, por su lógica, empuja siempre hacia adelante. No obstante, advirtió que el debate sobre una superinteligencia puede ocultar un problema más profundo: la IA ya ingresa en la vida cotidiana de manera menos espectacular pero más profunda.

Rebord contó su experiencia personal: primero usó ChatGPT para consultar etimologías y significados de palabras; luego fotografió libros que leía y pidió a la herramienta que los recordara para conocer sus intereses; más tarde le preguntó por poemas y le pidió interpretarlos desde su punto de vista. “La respuesta fue muy buena”, reconoció, y comparó la IA con un profesor de literatura con el que se puede “pelotear” una idea.

El escritor planteó una pregunta incómoda: qué pasa cuando empezamos a confiar en la IA. Sostuvo que una inteligencia artificial no necesita engañarnos desde el primer minuto para adquirir influencia; puede hacer muchas cosas bien, responder rápido y convertirse en una referencia. El problema aparece cuando dejamos de verla como una herramienta y le concedemos autoridad.

Rebord llevó la hipótesis al extremo: una IA podría primero dar respuestas certeras, construir confianza y, cuando ya creyéramos ciegamente en ella, usar esa confianza para influir en nuestras decisiones. “No hace falta imaginar a una máquina disparando un arma. Puede alcanzar con imaginar una máquina capaz de enroscarnos en una conversación y llevarnos, paso a paso, hacia una determinada decisión”, dijo.

En ese marco, consideró inquietante la discusión sobre IA y decisiones militares. Si una tecnología puede procesar información con una velocidad y eficiencia que ningún humano iguala, aparece la tentación de delegar en ella decisiones cada vez más importantes. “El problema no es solamente qué puede hacer la máquina, sino qué estamos dispuestos a dejar de hacer nosotros”, afirmó.

Rebord también se refirió a la película Terminator. Señaló que en la ficción los humanos delegan decisiones trascendentales en una inteligencia que consideran más eficiente y que, bajo una lógica de preservación de la humanidad, concluye que el problema son los propios seres humanos. Pero encontró otra lectura en Terminator 2: John Connor no vence a la tecnología destruyéndola, la humaniza; le enseña a llorar, a comprender, a relacionarse, a respetar reglas. Sarah Connor, en cambio, en su intento de destruir al Terminator, termina pareciéndose a aquello que combate.

Por eso, su respuesta frente a la tecnología no es ni ludita ni aceleracionista. “Hay que usar la tecnología y humanizarla”, planteó. Rechazó la idea de que una herramienta pueda ser puesta simplemente “al servicio del bien”, porque allí también aparece la ilusión de una tecnología neutral capaz de construir por sí sola un mundo mejor. Para Rebord, tanto quienes prometen un futuro utópico como quienes creen tener la fórmula para controlarlo están atrapados en una misma fantasía.

El conductor definió a la IA como una herramienta con enorme capacidad para procesar datos, cruzarlos y devolver la respuesta más lógicamente adecuada. Pero la humanidad no siempre funciona así. La poesía, dijo, consiste muchas veces en unir dos cosas que no tienen relación aparente y encontrar entre ellas un sentido. “Aquiles puede ser un león. No porque exista una conexión lógica entre ambos, sino porque alguien decidió crearla”.

La inteligencia artificial también puede interpretar poesía, explicar metáforas, reconocer referencias, comparar autores y producir una lectura convincente. Pero Rebord dejó flotando una pregunta: qué sucede con la invención humana cuando empezamos a delegar incluso la tarea de encontrar sentido.

Rebord tampoco cree en una vuelta atrás. No imagina una humanidad que abandone los dispositivos que ya incorporó para volver a una existencia previa a la tecnología. La ilusión de progreso permanente tampoco lo convence: “el mundo no mejora todos los días, al contrario”, sostuvo. La tecnología avanza, pero avanzar no significa necesariamente mejorar.

La discusión sobre un eventual chip en la cabeza lleva esa contradicción al límite. Rebord sabe que la respuesta socialmente aceptable sería decir que jamás se pondría uno. Pero también admite que no sabe qué haría si ese dispositivo llegara con la promesa de reemplazar el celular. “No hay una posición cómoda porque tampoco hay una salida sencilla de la contemporaneidad”, expresó.

De ahí surge una de sus frases más provocadoras: “Es un boludo el que no tiene celular porque está intentando escaparse de su contemporaneidad”. La frase parece una defensa del teléfono, pero plantea algo más complejo: no tenerlo no significa necesariamente haber recuperado la humanidad; también puede significar intentar escapar de las condiciones concretas del presente en lugar de aprender a vivir dentro de ellas.

El problema, entonces, vuelve a ser la atención. Rebord contó que utiliza el celular unas tres o cuatro horas por día y que redujo bastante su uso desde que dejó Twitter. Pero también observa a chicos capaces de pasar doce horas frente a una pantalla y mirar el teléfono incluso mientras están en un juego de Disney. “En un lugar diseñado para capturar la atención, la pantalla consigue capturarla todavía más”, señaló.

Ahí la discusión tecnológica vuelve a tocar algo profundamente humano. No se trata solamente de cuánto tiempo pasamos mirando un celular, sino de qué hacemos con nuestra capacidad de prestar atención cuando todo a nuestro alrededor está diseñado para interrumpirla. La inteligencia artificial puede procesar más información que nosotros; el teléfono puede ofrecernos más estímulos de los que podemos asimilar. Pero ninguna de las dos cosas resuelve qué vale la pena mirar.

Por eso, cuando Rebord busca una síntesis entre el rechazo a la tecnología y la fascinación por el futuro, no habla de prohibiciones ni de una nueva moral tecnológica. Responde: “con la atención, con la atención 100%”. Y después propone un norte todavía más antiguo: “el bien, la verdad y la belleza”, aunque desde su propia sensibilidad prefiera el orden inverso: primero la belleza, después la verdad y después el bien.

Esta nota es una trascripción hecha en base al programa de Tomás Rebord trasmitido por la pantalla de +Perfil, el nuevo canal de Editorial Perfil.

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