El 24 de diciembre de 1971, el vuelo 508 de LANSA se desintegró en pleno vuelo sobre la selva peruana. Juliane Koepcke, de 17 años, fue la única persona que sobrevivió a la caída desde 3000 metros de altura.
El 24 de diciembre de 1971, el vuelo 508 de la aerolínea LANSA, un cuatrimotor Lockheed L-188A Electra, despegó desde Lima con destino a Pucallpa, en la selva peruana. A bordo viajaban 92 personas, entre ellas Juliane Koepcke, de 17 años, y su madre, María. El propósito del viaje era reunirse con el padre de Juliane, el zoólogo Hans-Wilhelm Koepcke, para celebrar las fiestas.
Pocos minutos después del despegue, la aeronave ingresó en una tormenta eléctrica sobre la selva amazónica. De acuerdo con las investigaciones posteriores, un rayo impactó contra el fuselaje, lo que provocó una falla estructural que derivó en la desintegración del avión en pleno vuelo, a unos 3000 metros de altura.
Juliane Koepcke cayó al vacío aún atada a su asiento. Según estimaciones de expertos aeronáuticos, la estructura metálica del asiento, la vegetación de la selva y las corrientes ascendentes de la tormenta amortiguaron el impacto contra el suelo, lo que le permitió sobrevivir a la caída libre.
Tras perder el conocimiento, la joven despertó a la mañana siguiente sola en la selva. Presentaba una fractura de clavícula, una herida abierta en el brazo derecho, un esguince en la rodilla, una conmoción cerebral y un ojo inflamado y cerrado. Además, había perdido sus anteojos, por lo que su miopía severa le impedía ver con claridad.
Juliane recurrió a los conocimientos que había adquirido durante un año y medio de convivencia con sus padres en la estación biológica de Panguana. Siguiendo la regla de supervivencia que le había inculcado su padre —seguir el curso del agua, ya que los arroyos conducen a ríos y estos a asentamientos humanos—, emprendió la marcha.
Durante 11 días avanzó por la selva, cruzó un arroyo, soportó picaduras de insectos y sufrió una infección parasitaria de larvas de mosca en la herida del brazo. Se alimentó únicamente con una pequeña bolsa de caramelos que encontró entre los restos del fuselaje.
El décimo día encontró una embarcación atada junto a la orilla. Al seguir un sendero aledaño, llegó a una cabaña habitada por leñadores locales, quienes al día siguiente la auxiliaron, curaron sus heridas con querosene y la trasladaron en canoa durante horas hasta un puesto sanitario.
De los 92 ocupantes del vuelo 508, 91 perdieron la vida. Juliane Koepcke fue la única sobreviviente. Años después, se doctoró en biología y dedicó su vida académica a la investigación y conservación del ecosistema amazónico peruano, continuando el trabajo de sus padres.
