El escritor austríaco describió la capital del imperio como un espacio donde el esplendor cultural convivía con la decadencia moral. Su intuición sobre la crisis de Occidente fue retomada por autores como Brecht y Canfora.
El escritor austríaco Karl Kraus describió a Viena como «la estación experimental del fin del mundo», un lugar en la historia donde el esplendor cultural, artístico y científico convivía con una profunda decadencia.
Kraus percibía a Viena como el epicentro de una crisis moral irreversible. Según su visión, mientras el imperio se desmoronaba política y socialmente, los vieneses se entregaban a la frivolidad de las apariencias y los medios habían desconectado las palabras de los hechos a través de la degradación del lenguaje, convirtiéndose en un ensayo general de la destrucción de Occidente.
El autor creyó haber visto todo con el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914, pero su muerte en 1936 le impidió comprobar que su intuición no estaba errada, ya que la saga de lo que se conoce como Primera Guerra Mundial le daba la razón.
Adhiriendo a Borges cuando decía que los eufemismos son una ficción del lenguaje, el texto reflexiona sobre cómo la perversión en la Segunda Guerra Mundial se fue desencadenando como una pandemia entre los líderes políticos y militares, llegando en ocasiones a niveles extremos como los de Hitler, Truman, Mussolini y Tojo. También menciona que tipos como Churchill (el verdadero, no el actor Gary Oldman) merecerían un lugar en ese podio.
Los británicos, sabios políticos y brutales guerreros, lo sabían y se lo sacaron de encima en las elecciones de 1945; hechos no palabras. Personaje brillante, valiente y muy romantizado, a quien se le atribuye cualquier reflexión política inteligente y al que le regalaron el Premio Nobel de Literatura más bochornoso que se recuerde, aún más que el demagógico premio a Bob Dylan; ninguno fue a retirarlo. En el caso de Sir Winston porque al igual que Trump, con muchos mejores y razonables argumentos, quería-exigía el de la Paz.
Agregó a Truman porque fue quien, con Alemania e Italia ya rendidas hacía meses y Japón aniquilado, decidió exterminar a dos ciudades para intimidar a su aliado Stalin y porque doscientos mil muertos eran un escarmiento a futuro y apenas un daño colateral, que no sería registrado por la historia, escondidos entre los más de cuarenta millones de muertos que dejó como saldo la Segunda Guerra Mundial. ¡Y no está el carnicero Stalin en mi lista! La razón es muy simple: él fue quien paró a Hitler (ocho de cada diez soldados alemanes que murieron lo hicieron en el frente oriental) y su reino del terror se dio antes y después de la guerra.
Es difícil no ver similitudes con aquellos días en los que escribía Karl Kraus, pero vale la pena detenerse en Bertolt Brecht mientras escribía su novela inconclusa «Los negocios del señor Julio César»: «escribiendo este libro no debo dejarme llevar ni por un instante a creer que las cosas tenían que salir a la fuerza como salieron», a lo que agrega Luciano Canfora en la introducción de su libro «Julio César, el dictador democrático»: los hechos que son el material de este texto se prestan como ninguno a mantener esa reserva anti-determinista (la de Brecht).
La vida de Julio César trata de situaciones políticas y militares para las cuales en cada momento fue posible una eventualidad de resultados opuestos a los cuales efectivamente se dieron.
Como todo queda impreso en el ADN de la memoria, es probable que la profecía poética de Kraus esta vez sea solo el eco de una advertencia de esa trampa macabra en la que caemos cuando la desesperanza se cruza con los egos de los iluminados. Pero las cosas no están necesariamente predestinadas, así lo cuenta la historia.
