La anorexia y la bulimia crecieron un 71% en tres décadas, según un estudio global

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Un informe internacional publicado en JAMA Psychiatry estimó que en 2023 había 18,1 millones de personas con anorexia o bulimia en el mundo. En Argentina, la prevalencia estimada es de 366 casos por cada 100.000 habitantes, un 62,4% superior al promedio mundial. Especialistas locales señalan un aumento de consultas y dificultades de acceso al tratamiento.

Un estudio internacional publicado en JAMA Psychiatry estimó que en 2023 unas 18,1 millones de personas vivían con anorexia nerviosa o bulimia nerviosa en el mundo. De ese total, 14,2 millones tenían bulimia y 3,92 millones, anorexia. La investigación, elaborada por el Global Burden of Disease (GBD), analizó datos de 204 países y territorios entre 1990 y 2023.

En conjunto, ambos diagnósticos aumentaron un 71% en 33 años. El 69,4% de los casos correspondió a mujeres y el 30,6% a varones. El 41,2% se concentró entre los 10 y los 24 años.

Australia encabezó el ranking de prevalencia estimada en 2023, con 1026,5 casos por cada 100.000 habitantes, seguida por Mónaco (873,6), Irlanda (642,5), Luxemburgo (635,6) y Bermudas (626,5). En el extremo opuesto se ubicaron Somalia (78,1), Burundi (84,9), República Centroafricana (88,7), República Democrática del Congo (91,8) y Liberia (98).

Para 2050, los investigadores proyectan que la cantidad de afectados en el mundo pasará de 18,1 millones a 21,8 millones, con unos 17 millones de bulimia y 4,7 millones de anorexia.

Situación en Argentina

Según el estudio, en Argentina unas 178.203 personas tenían anorexia o bulimia en 2023. La prevalencia estimada es de 366 casos por cada 100.000 habitantes, un 62,4% superior al promedio mundial de 225 por cada 100.000. Se estimaron 140.101 personas con bulimia y 38.327 con anorexia. En 33 años, los casos de ambos trastornos crecieron un 76,9%; los de anorexia aumentaron un 64,9% y los de bulimia, un 80,5%. Las tasas ajustadas por edad subieron un 19,2%, un 16,7% y un 19,9%, respectivamente.

El número de casos argentinos no proviene de un registro nacional de pacientes, sino de una estimación. El país no cuenta con estadísticas nacionales representativas que permitan saber cuántas personas tienen un diagnóstico de trastorno de la conducta alimentaria (TCA) y cuántas acceden al tratamiento. Según el apartado metodológico del estudio, los números surgen de un modelo epidemiológico que combina estadísticas de mortalidad por anorexia nerviosa nacionales y de la región, literatura científica y otras fuentes internacionales estandarizadas.

Ricardo Marcelo Corral, presidente de la Asociación Argentina de Psiquiatras (AAP) y jefe de Docencia e Investigación del Hospital Borda, declaró: “La cifra se apoya en datos de la región y en variables como el nivel de ingresos, por lo que tiene un margen de incertidumbre considerable”. Agregó que la diferencia con el promedio mundial no demuestra que exista un riesgo individual mayor en el país. Gisela Rotblat, jefa de la Sección de Psiquiatría del Hospital Italiano, señaló que las diferencias también pueden depender de la información disponible, la detección y los modelos estadísticos.

Especialistas consultados coinciden en un aumento de la demanda de tratamientos por TCA en los últimos años en Argentina, la llegada de pacientes más jóvenes, muchas veces niños, y el aumento de la gravedad de los cuadros.

Alejandra Freire, licenciada en Nutrición del Hospital de Clínicas de la UBA y especialista en trastornos alimentarios, afirmó: “Lo que sí observamos en los últimos años es que hay un aumento sostenido de las consultas”. La psiquiatra Juana Poulisis, fellow de la Academy for Eating Disorders, coincidió en que hoy hay más conciencia entre familias y profesionales, lo que favorece la detección sin explicar por completo el aumento.

Consultas más tempranas

Aunque el pico de inicio suele ubicarse alrededor de los 15 años, hoy se atiende a pacientes de 11 y 12 años. Algunos llegan con mayor compromiso médico por demoras en el acceso a equipos especializados. Giselle Vergara, coordinadora del equipo de trastornos alimentarios del Hospital Alemán, y Patricia Goddard, pediatra especialista en adolescencia de esa institución, observaron pacientes más jóvenes, mayor detección entre varones y más cuadros graves que requieren internación, a veces asociados con depresión e intentos de suicidio.

Alicia Alemán, psicóloga certificada como especialista en trastornos alimentarios por la Asociación Internacional de Profesionales de Trastornos Alimenticios (Iaedp), trabaja en esta problemática desde hace 33 años. Explicó que la mayor difusión permite reconocer conductas antes normalizadas e identificó la pandemia como un desencadenante de nuevos cuadros.

Factores multifactoriales

La presión estética, las redes sociales y los ideales corporales pueden influir, pero no constituyen una causa única. Poulisis subrayó que estas enfermedades son multifactoriales: interactúan componentes genéticos, biológicos, psicológicos, familiares, sociales y culturales. Freire añadió que la autoexigencia y la rigidez pueden asociarse con anorexia, mientras que la ansiedad y la impulsividad pueden intervenir en bulimia y atracones.

El problema aparece muchas veces cuando una recomendación nutricional o una rutina deportiva deja de ser flexible y se transforma en mandato. Freire advirtió que algunos pacientes interpretan información difundida en redes como reglas obligatorias. Alemán observó que las familias a veces celebran que un adolescente coma “más saludable” o entrene sin advertir la angustia, la culpa o el aislamiento detrás de esas conductas.

En varones, la preocupación suele centrarse en aumentar la musculatura o reducir la grasa corporal. Corral señaló que el ejercicio compulsivo y las restricciones pueden confundirse con disciplina deportiva, mientras que Rotblat advirtió que el estereotipo de una enfermedad exclusivamente femenina retrasa las consultas.

Freire y Poulisis también observaron cuadros en mujeres durante la premenopausia y la menopausia, a veces asociados con dietas restrictivas presentadas como bienestar o longevidad. Ambas alertaron sobre el uso de medicamentos para adelgazar sin indicación médica.

Bulimia, un trastorno silencioso

La bulimia puede permanecer oculta durante meses o años y no siempre implica una pérdida de peso evidente. “No debemos esperar a que un adolescente esté extremadamente delgado para sospechar un trastorno alimentario. La gravedad no se mide solamente en kilos”, advirtió Rotblat.

Vergara y Goddard enumeraron señales de alerta generales: excusas reiteradas para evitar comidas compartidas, rechazo repentino de alimentos habituales, ayunos, reglas rígidas sobre el menú, ejercicio excesivo y conflictos durante las comidas. Freire agregó rituales como comer muy lento o cortar los alimentos en porciones diminutas, ingestas a escondidas, aislamiento y angustia ante la exposición corporal. Ninguna conducta aislada confirma un diagnóstico, pero su persistencia o combinación justifica consultar.

Efectos en la salud

Las consecuencias pueden incluir desnutrición, alteraciones cardíacas y electrolíticas y problemas hormonales y óseos. En adolescentes, también pueden afectar el crecimiento y la pubertad. A ello se suman ansiedad, depresión, autolesiones y riesgo suicida. Los desmayos, la pérdida rápida de peso, la deshidratación importante o las manifestaciones de riesgo suicida requieren atención urgente.

El estudio solo incluye anorexia y bulimia. Excluye el trastorno por atracón, el evitativo/restrictivo de la ingesta, la anorexia atípica y otros, por lo que las 178.203 personas estimadas no representan toda la carga de los trastornos de la conducta alimentaria. Alemán observó numerosas consultas por atracones y Poulisis advirtió que esa exclusión limita la planificación sanitaria.

Dificultades de acceso a tratamientos

Los profesionales reconocen equipos argentinos capacitados, pero una oferta desigual. Señalan que Buenos Aires concentra servicios especializados, mientras que numerosas provincias disponen de pocos dispositivos. Corral reclamó mejorar la detección en pediatría, escuelas y atención primaria, con derivaciones oportunas. El abordaje puede requerir nutrición, psicoterapia, psiquiatría, atención clínica y acompañamiento familiar; en algunos casos, hospital de día o internación.

Otra problemática son los costos de los tratamientos, las dificultades de cobertura y la duración de los tratamientos, que dificultan sostenerlos. La recuperación tampoco termina cuando se normaliza el peso: exige trabajar sobre la ansiedad, la autoestima, los vínculos y la relación con la comida. “El problema en la Argentina no es solamente cuántas personas tienen un trastorno alimentario, sino cuántas pueden acceder a un tratamiento especializado y sostenerlo”, resumió Rotblat.

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