Los demócratas recuperaron ambas cámaras del Congreso. El vicepresidente JD Vance atribuyó la pérdida a la guerra con Irán y cuestionó su costo. Trump defendió la intervención y sostuvo que volvería a tomar la misma decisión.
La derrota republicana en las elecciones de medio término del 3 de noviembre dejó a los demócratas con el control de ambas cámaras del Congreso. El vicepresidente JD Vance declaró: “La razón por la que perdimos es la guerra”, en referencia al conflicto con Irán, y cuestionó si había valido la pena pagar ese precio. El presidente Donald Trump reconoció el impacto electoral de la guerra, pero defendió la intervención y afirmó: “No se puede permitir que Irán tenga un arma nuclear”. Aseguró que volvería a tomar la misma decisión.
Los demócratas avanzaron incluso sobre territorios que habían acompañado a Trump en sus victorias presidenciales. La inflación, el encarecimiento de la energía y el desgaste de ocho meses de ofensiva militar contra Irán erosionaron una coalición que había regresado a la Casa Blanca con la promesa de terminar con las intervenciones exteriores. A ese deterioro se sumó el impacto de la política arancelaria: la imposición de gravámenes a las importaciones, presentada por el republicano como un instrumento para proteger la producción estadounidense y obtener concesiones comerciales, alimentó el aumento de costos y la incertidumbre económica.
La derrota dejó expuesta una fractura dentro del oficialismo. Vance identificó entre las razones del desencanto electoral la necesidad de terminar la guerra, recuperar el principio de America First y modificar la relación con Israel. La declaración tiene una dimensión sucesoria: Vance construyó su identidad política cuestionando las guerras prolongadas y el intervencionismo estadounidense. Ahora recupera ese discurso frente a una decisión de Trump que le costó votos al partido. La carrera de 2028 incorporó una disputa sobre quién representa al movimiento MAGA y qué política exterior debería defender.
Trump conserva amplias atribuciones presidenciales en política exterior y defensa, aunque haya perdido el control del Congreso. Durante los próximos dos años podrá ordenar acciones militares, pero sostenerlas tendrá un costo institucional y político mayor. Los demócratas manejarán las comisiones, las investigaciones y el presupuesto. Podrán exigir explicaciones sobre la guerra, revisar contratos militares y condicionar el financiamiento de nuevas operaciones.
En materia de política exterior, Irán tiene margen para aprovechar este escenario. El desgaste electoral y las dificultades que enfrenta la administración estadounidense pueden fortalecer su posición negociadora y disminuir la disposición de Washington a prolongar el enfrentamiento. En tanto, Venezuela ofrece otra expresión de la capacidad de intervención. La captura de Nicolás Maduro en enero fue una demostración del poder operativo de Washington y abrió una etapa de cooperación con el gobierno interino de Delcy Rodríguez. Sin embargo, la reorganización política sigue pendiente: la mandataria conserva resortes fundamentales del antiguo poder chavista, mientras María Corina Machado y Edmundo González permanecen fuera de la conducción del proceso. La administración republicana parece priorizar la estabilidad y el acceso a los recursos energéticos antes que una transformación institucional inmediata.
Detrás de esa decisión aparece China. Durante años, Pekín construyó en Venezuela una presencia estratégica mediante créditos, inversiones y acuerdos petroleros. La caída de Maduro alteró esa arquitectura y redujo su influencia en un país clave para su proyección latinoamericana. La disputa por el petróleo revela que la intervención estadounidense también tiene un objetivo geopolítico: recuperar espacio en su hemisferio y limitar la presencia de sus competidores. El nuevo Congreso podría investigar los acuerdos petroleros y exigir explicaciones sobre sus condiciones y beneficiarios. No necesariamente impulsará un acercamiento con Pekín, ya que la rivalidad mantiene un consenso bipartidista sólido. Lo que puede cambiar es el control sobre los métodos que utiliza Trump para sostenerla.
Para Javier Milei, el cambio tampoco es indiferente. La relación privilegiada con Trump conserva valor estratégico, pero el argentino deberá desenvolverse en un Washington donde su aliado ya no controla el Congreso. Los compromisos financieros y la cooperación estratégica tendrán que atravesar un escenario institucional más complejo. La afinidad ideológica no reemplaza la necesidad de construir apoyos políticos dentro de Estados Unidos.
La derrota republicana del 3 de noviembre pone de manifiesto una tensión estructural de la política exterior estadounidense. La proyección internacional de su poder requiere condiciones de legitimidad y consensos internos que las decisiones presidenciales unilaterales pueden debilitar. La sostenibilidad de su liderazgo global dependerá, en buena medida, de su capacidad para conciliar sus ambiciones estratégicas con los límites políticos e institucionales de su propio sistema.
