Lucas Fonzo creció en los parques nacionales Los Glaciares y Lanín, y hoy trabaja como guardaparque en el Parque Nacional Iberá. En el Día de los Parques Nacionales, relata su experiencia y la influencia de sus padres en su vocación.
Lucas Fonzo, de 43 años, es guardaparque en el Parque Nacional Iberá, en Corrientes. Creció en los parques nacionales Los Glaciares, en Santa Cruz, y Lanín, en Neuquén, donde sus padres, Laura Chazarreta y Ceferino Fonzo, se desempeñaban como guardaparques. Su padre falleció en 1988 y su madre se retiró años atrás.
En el Día de los Parques Nacionales, que se conmemora hoy, Fonzo recordó su infancia en los parques: «Cuando éramos chicos la idea era siempre explorar, armar una mochila e irse a la naturaleza». Sus tardes consistían en jugar en el arroyo, recolectar calafate y meterse al lago a partir de noviembre. «Una vez nos olvidamos de avisar que habíamos vuelto y nos fuimos directo a dormir. Mi vieja salió a buscarnos y se armó todo un lío», contó a LA NACION.
Esas experiencias le permitieron conocer los procesos naturales. «Sabíamos el nombre de las especies locales, cómo se veían y dónde se encontraban por las condiciones de humedad. También la época en que venía tal o cual ave y en la que cantaba, y sabíamos cuáles migraban en invierno y cuáles se quedaban», señaló.
La vida de guardaparque implica desarraigo y constantes mudanzas. Fonzo trabajó en el Parque Nacional Nahuel Huapi, en el Condorito (Córdoba), Laguna Blanca (Neuquén) y Pilcomayo (Formosa). «Significa nunca conectar profundamente con un lugar, tener el amigo de toda la vida, o el almacenero de la esquina. Eso creo que es parte de la vocación», consideró.
En su adolescencia, Fonzo se mudó a Buenos Aires para estudiar la licenciatura en ciencias ambientales, pero regresó a los parques. «Mis viejos me transmitieron eso y terminé entendiendo que lo que yo quería hacer ya lo tenía adentro», reconoció. En 2022 se recibió de guardaparque y su primera seccional fue Pampalinda, en el Parque Nacional Nahuel Huapi. «Llegué al paraíso prácticamente y esta vez convertido en eso que mi viejo era», destacó.
En el Parque Nacional Pilcomayo conoció a la guardaparque Laura Aréjola, hoy su esposa. Ambos trabajan en el Parque Nacional Iberá y Fonzo es docente de la carrera de guardaparque. «Si tuviste la suerte de aprender cosas, de capacitarte en determinados lugares, brindá lo que tengas», afirmó.
Fonzo sostuvo que el trabajo en conservación exige esfuerzo físico y soledad, pero tiene recompensas. «No todo es color de rosa, pero amén de que hay días que uno dice ‘pucha’, siempre pasa algo que te recuerda por qué estás haciendo esto», confió. Ese algo es su hija: «Que te diga ‘guau, papá, lo que estás haciendo’ hace que quiera seguir eligiendo este trabajo hasta el día que me retire».
Para Fonzo, el compromiso con la naturaleza no requiere ser guardaparque: «Solo importa que tengas ganas e intenciones de cuidar la naturaleza, de hacer un bien que perdure, basta con cuidar la plaza de tu barrio».
