La destacada directora reflexionó sobre la desconexión de la industria cinematográfica local con la audiencia masiva, en un debate que también involucra al rol del Incaa.
En el marco del estreno de su documental Nuestra tierra, la cineasta Lucrecia Martel generó un debate sobre la situación del cine argentino. Sus declaraciones en diversos medios pusieron el foco en la aparente desconexión entre la producción cinematográfica nacional y el público general.
Martel señaló que, durante los debates por el financiamiento del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), la defensa más visible provino de los trabajadores del sector y no de un amplio espectro de la sociedad, a diferencia de lo que sucede con otras causas. La directora atribuyó este fenómeno a una falla en la comunicación de los cineastas con el público masivo.
Estas reflexiones encuentran un eco en datos recientes. Durante la presentación de la 27° edición del Bafici, su director Javier Porta Fouz informó que de unas 1000 películas nacionales presentadas, solo el 5% integró la programación, destacando el esfuerzo que implica realizar cine en el contexto actual.
El análisis de Martel apunta a una crítica más profunda: la posible pérdida de la capacidad de ciertos realizadores para escuchar y reflejar el mundo que los rodea de un modo que resuene con la audiencia. Asimismo, la directora cuestionó la noción de «arte» separada del trabajo y el oficio, y desconfió del término «artista» como una etiqueta auto-otorgada.
El debate también aborda el rol del Estado y del Incaa. Martel reconoció la necesidad de mejorar el organismo y terminar con malas prácticas, pero a la vez vinculó su funcionamiento con el desinterés del público. Se plantea así una discusión sobre si el fomento estatal debe garantizar la posibilidad de hacer cine o asegurar empleo permanente a los realizadores, en una industria donde el éxito depende finalmente del consumo y el gusto del espectador.
