Un relato íntimo sobre el adiós a un gato de 17 años, que explora las creencias religiosas y la leyenda del Puente del Arcoíris como formas de procesar la pérdida.
El domingo se festejó un cumpleaños en familia, pero dos personas estuvieron ausentes: el agasajado y su esposa, que pasaron la tarde en una clínica veterinaria despidiendo a Dochi, su gato de diecisiete años. Dochi, oficialmente Donato, fue primero el gato de la suegra, luego de la esposa y, desde el año pasado, un integrante más de la familia ensamblada. Tenía el pelaje blanco y suave, y unos ojos enormes que engañaban: nada en él era triste. Tenía un apetito prodigioso y un oído absoluto para detectar cuándo se abría la heladera o una lata de atún, y era un buscador descarado de mimos. A la hora de dormir, se acurrucaba sobre el pecho y empezaba a ronronear ruidosamente, como el motor de una lancha.
Los diecisiete años trajeron numerosos achaques de salud: el pelo se le llenó de nudos, se le dificultaba saltar y caminar derecho, se perdía de noche y empezó a caerle mal la comida. El último fin de semana se descompensó y dejó de comer y beber. Tras una visita a la clínica veterinaria remontó un poco, pero el alivio no duró. Menos de un día después, estaban de nuevo en la sala de espera con un pronóstico mucho peor. Esa tarde acariciaron a Dochi por última vez.
De regreso a casa, con los ojos hinchados y un bolso transportador vacío, el autor reflexionó sobre cómo las personas despiden a sus animales. Algunas organizan exequias y ceremonias en cementerios exclusivos para mascotas. Pero, ¿qué dicen las religiones? Según el catolicismo, hasta 2015, solo los humanos poseen almas inmortales. Ese año, el papa Francisco publicó la encíclica Laudato si, donde escribió que “la vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar”. En el judaísmo, la Torá reconoce que los animales poseen “nefesh chayah”, el aliento de vida, aunque distinto del alma humana. En el budismo y el hinduismo, según el karma, cualquier criatura puede reencarnar como persona y viceversa.
Más allá de las grandes religiones, existe la leyenda del “Puente del Arcoíris”, una pradera infinita donde los animales esperan para reencontrarse con sus humanos y partir juntos hacia el más allá. Allí están todas las mascotas que nos acompañaron a lo largo de la vida. Aunque suene cursi o infantil, el autor la considera una idea hermosa. “Si existe, Dochi, nos vemos ahí”, concluye.
