Hannah Howard y su marido dejaron Nueva York durante la pandemia, se instalaron en un pueblo de Nueva Jersey y, cinco años después, se trasladaron a Chicago. La madre relató que sus hijos ahora caminan a la escuela y la biblioteca, y que la oferta de actividades a poca distancia amplió su vida cotidiana.
Durante los primeros meses de la pandemia de COVID-19, Hannah Howard y su marido abandonaron Nueva York. Su hija nació en abril de 2020 y, con el paso del tiempo, aquella salida se convirtió en una mudanza permanente a un pequeño pueblo rural de Nueva Jersey. Allí encontraron una casa con jardín, calles tranquilas y espacio para que sus hijos crecieran.
Cinco años después, según el relato de Howard, la tranquilidad del pueblo empezó a percibirse como limitada. El lugar tenía una sola cafetería, un parque infantil y pocas familias con niños pequeños. Si los amigos estaban ocupados, las opciones de actividad se reducían.
Howard comenzó a extrañar una dinámica que había formado parte de su vida antes de tener hijos: salir de casa sin planificar cada movimiento y encontrar personas, negocios y actividades a pocos pasos. Cuando su marido consiguió trabajo en Chicago, la posibilidad de regresar a una gran ciudad se presentó nuevamente.
El cambio de un jardín a un barrio con actividades
La mudanza implicó dejar atrás el jardín y la tranquilidad para instalarse en una ciudad con más ruido y dificultades como el estacionamiento. De acuerdo con Howard, sus hijos no perdieron espacio para vivir, sino que su mundo cotidiano se amplió.
La familia puede caminar hasta la escuela, la biblioteca, cafeterías, restaurantes, parques y casas de amigos. Los niños juegan en el callejón con otros menores del barrio, recorren el sendero elevado 606 y los domingos pueden ir en monopatín al mercado de agricultores de Wicker Park. También toman el autobús para visitar gratuitamente el zoológico Lincoln Park; para los niños, el viaje en transporte público se convirtió en parte de la actividad.
Según Howard, cuando un plan se cancela existen alternativas a pocos minutos. Un fin de semana puede incluir un parque, una pastelería, un paseo en barco por el lago Michigan y un festival de arte del barrio sin necesidad de organizar grandes desplazamientos.
Mayor independencia de los hijos
Howard temía inicialmente que crecer en una ciudad implicara mantener a sus hijos más vigilados. Sostuvo que ocurrió lo contrario: con el tiempo comenzaron a aprender las rutas hacia la escuela y la biblioteca, a reconocer comercios y vecinos y a desenvolverse en espacios públicos con personas de distintos orígenes.
Su hija, nacida durante la pandemia, ya está en la escuela, mientras que su hermano menor comenzó preescolar. Ambos aprenden a cruzar calles transitadas, utilizar el transporte público y orientarse por el vecindario. Para Howard, esa capacidad también representa una forma de libertad infantil.
Antes asociaba una buena infancia con tener más terreno, silencio y espacio privado. Ahora entiende la abundancia de otra manera: varios parques a distancia caminable, una biblioteca que puede visitarse sin planificación, amigos cerca y una comunidad en la que niños y adultos reconocen a las personas que encuentran diariamente.
Howard no considera que Chicago sea objetivamente mejor para criar hijos. Afirmó que simplemente descubrió que funciona mejor para su familia. Un año después de la mudanza, dijo que ya no extraña aquella vida más tranquila que alguna vez creyó que debía desear.
