María Dolores Redondo Carvajal, de 100 años, residente en Rute (Córdoba), se ha convertido en una figura viral en redes sociales. Aprendió a leer y escribir tras enviudar y ahora comparte su día a día en vídeos grabados en la residencia donde vive por voluntad propia.
A sus 100 años, María Dolores Redondo Carvajal (Rute, Córdoba, 1926) se ha convertido, casi sin proponérselo, en una influencer inesperada. Vive en la residencia Residencial María Luisa, en su mismo municipio, donde decidió mudarse por voluntad propia con ganas de seguir rodeada de gente, actividad y conversación. Sus vídeos —actuando, participando en talleres o simplemente mostrando su día a día— acumulan muchas visualizaciones en las redes sociales.
Al otro lado de la pantalla, acompañándola durante toda la entrevista, está Yael Haro, gerente del centro Residencial María Luisa, que es el artífice de que Dolores y otras personas de la residencia participen activamente en los vídeos de TikTok, Instagram y Facebook. Entre ambos hay una complicidad evidente: bromas, risas y mucha naturalidad. Eso desmonta rápidamente la imagen gris que muchas veces se asocia a las residencias. Aquí las flores de las Cruces de Mayo se hacen a mano durante semanas, se organizan ferias y se baila casi por cualquier excusa. Mientras Dolores habla, Yael la observa sonriendo. “Es un ejemplo silencioso”, dice. “Pasar tiempo con ella te cambia la forma de ver tus propios problemas”.
Pero detrás de esa mujer divertida y sonriente que hoy aparece en vídeos virales hay una historia marcada por la guerra, la pobreza y el trabajo desde la infancia. Dolores nació en una España donde muchas mujeres nunca tuvieron acceso a la educación y donde sobrevivir era más urgente que aprender. Perdió a su padre siendo muy pequeña, trabajó recogiendo aceitunas del suelo desde los 13 años y enviudó sin saber leer ni escribir. Y, aun así, cuando la vida parecía estrecharse, decidió volver a empezar. Hoy, Dolores firma, sabe leer y escribir. También baila, cuenta “chistes verdes”, sus preferidos, comparte habitación con una compañera 22 años más joven y sigue disfrutando de las pequeñas cosas con una actitud positiva que maravilla a todo aquel que pasa tiempo a su lado.
Dolores, ¿en qué momento pasa una mujer de Rute a convertirse en influencer con 100 años?
Pues no lo sé. Me estoy haciendo famosa aquí (ríe). Yo hago las cosas de siempre, participo en las actividades que me proponen y ellos me graban. Y ya está, así de fácil. Luego la gente me dice que me ve en los vídeos y que les hago mucha gracia. A mí me parece bien si con eso la gente se alegra un poco.
¿Se siente influencer o le parece una palabra demasiado moderna?
Eso es una palabra muy moderna para mí, no sé casi ni qué significa. Yo no entiendo mucho de esas cosas, la verdad. Pero si ser influencer es hacer reír o que la gente vea que una persona con 100 años puede seguir estando bien y disfrutar, pues entonces sí que me siento. Yo al final sigo siendo la misma de siempre.
¿Y le gusta verse en redes sociales?
Sí me gusta. Me río mucho cuando me enseñan los vídeos. A veces salgo bailando o haciendo alguna broma y me hace gracia verme. Nunca pensé que con mi edad iba a salir en los teléfonos, ni en internet, ni en nada de eso.
¿Qué cree que ve la gente en usted?
Pues no lo sé. A lo mejor que tengo 100 años y no llevo bastón ni andador. O que me gusta participar en todo y no estoy todo el día sentada quejándome. Yo intento estar alegre y llevarme bien con todo el mundo.
Dolores, usted enviudó hace más de 40 años. ¿Ese fue el momento más duro de su vida?
Fue muy duro, sí. A mi marido lo operaron del corazón porque tenía una válvula mal y no salió bien. Lo pasé muy mal, porque estuvimos muchos años juntos y habíamos trabajado mucho los dos. Cuando una se queda sola después de toda una vida juntos, la vida, la casa, todo se queda muy vacío.
Y entonces decidió aprender a leer y escribir
Sí. Yo iba al banco a hacer gestiones y firmaba con el dedo porque no sabía ni leer ni escribir. Un hombre de la caja de ahorros me escribió mi nombre en un papel y me dijo que tenía que aprender a hacerlo. Y yo pensé que ya estaba bien de no saber. Me apunté a la escuela de adultos y aprendí para poder defenderme y para que no me engañaran.
¿Le costó mucho aprender?
No tardé mucho, en unos meses ya sabía escribir mi nombre y desenvolverme un poco. Para mí aquello fue importante porque sentí que ya podía hacer las cosas sola. Me dio seguridad.
¿Le habría gustado estudiar de joven?
Muchísimo, hubiese sido un sueño, pero en aquella época no se podía. Yo nací en el 26 y luego vino la guerra en el 36. Había hambre y mucha necesidad. Bastante teníamos con salir adelante.
¿Y qué le hubiera gustado ser?
Maestra de niños pequeños. Me gustaba mucho enseñar y hablar con los niños. Pero claro, aparte de las necesidades que pasamos en la guerra y la posguerra, por aquella época las mujeres también lo teníamos más complicado para poder estudiar, te tenías que encargar de otras cosas.
¿Empezó a trabajar desde muy pequeña?
Sí, con 13 o 14 años ya trabajaba en el campo recogiendo aceitunas del suelo. Los hombres vareaban y las mujeres recogíamos las aceitunas de rodillas. Eran años muy duros, pero entonces eso era lo normal. Necesitábamos ayudar en casa con nuestro jornal.
Con 99 años toma una decisión muy poco habitual: irse a vivir a una residencia por voluntad propia
Sí, porque yo antes vivía con mi hija y su familia. Y muchas veces estaba sola. Yo no quería quedarme en casa aburrida, quería pasármelo bien, necesitaba hablar con gente, moverme, ver ambiente. Además, tampoco quería molestar. Cada uno tiene su casa y su familia, los matrimonios discuten y tienen sus cosas, y yo no quería meterme en medio ni dar trabajo. Y cuando mi hija me dijo que aquí en la residencia podría estar bien, dije que sí sin pensármelo. Y la verdad es que me siento muy bien y, aparte, mis hijas vienen a verme todos los días.
¿Nunca le dio miedo venir aquí?
No. Yo pensé: “si estoy acompañada y tranquila, ¿por qué no?”. Y la verdad es que estoy muy contenta. Aquí hago actividades, hablo con unas y con otras y me divierto.
¿Qué encontró aquí que no tenía en casa?
Compañía, entretenimiento y tranquilidad. Aquí siempre hay algo que hacer. Hacemos flores, fiestas, bailes, grabamos vídeos (ríe)… y siempre tienes a alguien con quien hablar. Eso ayuda muchísimo.
Comparte habitación con una mujer 22 años más joven que usted. ¿Quién cuida más de quién?
Las dos de la misma forma. Ella me ayuda a mí y yo la ayudo a ella. Nos llevamos muy bien y nos damos conversación. Al final, cuando una convive con alguien, si hay cariño, todo es más fácil.
Dolores, siendo sinceros… ¿se siente mayor?
Me siento mayor y no me siento. Las dos cosas a la vez. Sé los años que tengo, porque los tengo, claro. Pero luego me encuentro bien y hago muchas cosas. Mientras una tenga ganas de hacer cosas y está viva por dentro, de alguna manera se siente joven.
¿Baila todavía?
Claro que bailo. Cuando hacen fiestas o ponen música, yo salgo. Me gusta mucho bailar y pasarlo bien. Yo no bailo con hombres ya, bailo con mujeres (ríe). Nos agarramos y bailamos pasodobles. Me lo paso muy bien.
¿Qué le queda todavía por hacer?
Seguir disfrutando del día a día. Levantarme, estar arreglada, hablar con la gente, reírme… esas cosas. Yo no necesito grandes cosas para estar bien.
¿Ese es el secreto para vivir tantos años?
Sí, y también puede ser la suerte. Y no haber fumado ni bebido nunca. Pero yo creo que también ayuda no estar siempre amargada ni pensando en cosas malas.
Ha visto marcharse a mucha gente importante en su vida. ¿Cómo se aprende a seguir?
Eso nunca gusta, siempre duele. He visto marcharse a mucha gente y he pasado cosas muy duras. Pero hay que seguir adelante porque la vida sigue. Si una se queda en el sufrimiento, entonces ya no vive y la vida se acaba.
