La investigación, liderada por Jason Moser y Ethan Kross, registró mediante electroencefalografía y resonancia magnética funcional que el uso de la tercera persona al reflexionar sobre emociones reduce la actividad en regiones asociadas con el procesamiento autorreferencial.
Un equipo de investigadores encabezado por Jason Moser, de la Universidad Estatal de Michigan, y Ethan Kross, de la Universidad de Michigan, publicó en 2017 un estudio sobre el uso de la tercera persona al hablar con uno mismo. La investigación examinó qué ocurre cuando una persona piensa sobre sí misma utilizando su propio nombre o pronombres en tercera persona en lugar de “yo”.
Los investigadores realizaron dos experimentos con métodos diferentes. En el primero, los participantes observaron imágenes desagradables mientras reflexionaban sobre sus emociones; en algunos ensayos utilizaron “yo” y en otros se refirieron a sí mismos en tercera persona. Durante la tarea, los científicos registraron la actividad cerebral mediante electroencefalografía. Los resultados mostraron que, cuando los participantes utilizaban el distanciamiento en tercera persona, disminuía una señal neuronal relacionada con el procesamiento emocional, sin que se registrara un aumento simultáneo de la actividad asociada con un mayor esfuerzo de control cognitivo.
El segundo experimento utilizó resonancia magnética funcional y una tarea de recuerdo de experiencias autobiográficas negativas. Los resultados indicaron que reflexionar utilizando el propio nombre redujo la actividad en regiones vinculadas con el procesamiento autorreferencial, incluida la corteza prefrontal medial, sin un aumento detectable de la actividad en sistemas cerebrales relacionados con el esfuerzo de autocontrol.
Los autores describieron esta estrategia como una forma relativamente poco costosa de regulación emocional. El estudio se centró principalmente en el diálogo interno, por lo que no es necesario pronunciar las palabras en voz alta. Los investigadores aclararon que la técnica no elimina emociones como la tristeza, el miedo o el enojo, ni sustituye otras estrategias cuando el problema es grave o persistente.
El cambio de perspectiva implica que, al pensar “¿por qué está haciendo esto Nicolás?” en lugar de “¿por qué estoy haciendo esto?”, se puede reducir durante unos segundos la sensación de estar atrapado dentro del problema. Según el estudio, esta modificación mínima del lenguaje es tratada por el cerebro como algo más que una cuestión gramatical.
