¿Suegra tóxica o mito? El conflicto silencioso que puede afectar a la pareja

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La figura de la suegra genera debate entre quienes la ven como un estereotipo cultural y quienes la consideran un factor real de tensión en las relaciones de pareja. Expertos analizan el origen del conflicto y cómo gestionar los límites familiares.

La suegra es una de las figuras familiares sobre las que más mitos, chistes y disputas se han construido a lo largo de generaciones. Si bien el estereotipo de la “suegra villana” parece haber perdido fuerza frente a nuevos modelos de familia, la idea todavía persiste. ¿Es solo un prejuicio o puede poner en riesgo a una pareja hoy?

Recientemente, la tensión entre Brooklyn Beckham y sus padres, Victoria y David Beckham, volvió a poner el tema en agenda. El hijo mayor de la cantante y el futbolista rompió el silencio y acusó a su familia de interferir en su matrimonio con Nicola Peltz. “El ‘amor familiar’ depende de cuánto publiques en redes sociales o de qué tan rápido dejes todo para aparecer en una foto familiar”, escribió en sus redes sociales. Pero lo que más le dolió fue que, la noche de su casamiento, aseguró haber escuchado a su madre decir que Nicola “no es de sangre” y “no es familia”. A partir de esto, decidió alejarse.

Más allá del caso mediático, la relación con la suegra sigue siendo, para muchas parejas, un terreno sensible. Las experiencias son tan distintas como las familias. Victoria, de 29 años, admite que al principio tenía prejuicios. “Pensé que iba a ser la típica suegra distante o controladora, pero nada que ver. Es súper amable conmigo, siempre me escribe para eventos importantes y me hace regalos”, cuenta. Para ella, el buen vínculo incluso fortalece la pareja: “Te ahorrás discusiones. Es un plus, porque disfrutás de estar con la otra familia”.

Sin embargo, Julieta, de 27 años, describe una relación más tirante y cambiante. “No es buena ni mala, pero sí incómoda. A veces está todo bien y otras es fría o crítica. Siempre cuestiona nuestras decisiones”, explica. En su caso, las diferencias tienen que ver con expectativas: “Ella es muy católica y esperaba una relación más tradicional, y nosotros hicimos todo distinto”. Aclara: “Nunca dudé de mi relación por ella, aunque quiero ver cómo será cuando tengamos hijos”.

Para Valentina (27) el desenlace fue distinto. “Mi suegra nunca me quiso. Desde el primer día fue hostil y se fue metiendo cada vez más entre nosotros”, recuerda. Cuando intentó hablarlo, no encontró respaldo: “Mi pareja la defendía y nunca quiso poner límites”. Con el tiempo, la situación escaló y eligió terminar la relación. “Creo que influyó muchísimo en la decisión”, admite.

En la vida cotidiana, el vínculo entre suegras y nueras también está atravesado por estereotipos culturales. Para la psicóloga Milagros Burgos Recci, la carga negativa sobre esta figura no es casual. “Históricamente, las mujeres fueron clasificadas entre ‘buenas’ y ‘malas’: las que cuidan y no molestan, y las que ponen límites o buscan poder”, explica. En ese esquema, la suegra suele quedar rápidamente del lado de las “insoportables”. “Cuando opinan o intervienen, muchas veces son etiquetadas como ‘metidas’ o ‘controladoras’. Pero también hay que preguntarse qué hay detrás: ¿es control o miedo a perder un lugar?”, plantea.

Ese temor, señala, puede estar ligado a la identidad: “Para algunas mujeres, especialmente las que construyeron su vida alrededor de la maternidad, la llegada de una pareja puede vivirse como una pérdida o una amenaza”. Además, advierte que el foco suele ponerse en el conflicto entre mujeres, dejando en segundo plano al varón. “Casi siempre encontramos al hombre en un rol de triangulación: mujeres siendo rivales, mientras él permanece como figura idealizada en disputa”.

Detrás de muchas de estas tensiones hay un factor común: la dificultad para establecer límites claros. Para Sebastián Girona, psicólogo especialista en vínculos, la clave está en diferenciar dos planos. “La familia de origen —de donde venimos— y la familia creada, que es la que construimos con nuestra pareja. Cuando eso no está claro, aparecen los conflictos”, explica. En ese sentido, agrega: “Es normal que se priorice esa familia que uno decide construir todos los días”.

Desde esa lógica también se entiende la frase de que “ninguna pareja es suficientemente buena para un hijo”, un mito que tiene raíz en la dificultad para soltar ese lugar central. El problema aparece cuando esos límites se desdibujan. “La señal más clara es la sensación de invasión: cuando la familia de origen empieza a meterse en decisiones que corresponden a la pareja”, advierte.

Por eso, ambos especialistas coinciden en la necesidad de marcar límites para evitar que el conflicto escale. “Los límites no son muros, son señales de lo que necesito para que el vínculo funcione”, explica Burgos. Y hay un aspecto clave: quién los pone. “Los límites siempre los tiene que marcar el hijo. Si lo hace la pareja, es muy probable que se interprete como un ataque”, remarca Girona. Cuando eso no ocurre, advierte, suelen aparecer dinámicas que pueden agravar la situación. “El silencio o la mediación tienden a empeorar el conflicto, porque no hay una posición clara”, sostiene. Y Burgos agrega: “Cualquier límite con la familia política que no esté acordado en pareja puede generar más tensión”.

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