El sociólogo sueco Carl Öhman, investigador de la política y ética de los datos, advierte sobre la concentración de datos póstumos en manos de gigantes tecnológicos y la falta de regulación sobre el destino digital de los fallecidos. En entrevista con Diario De Actualidad, analiza el poder emergente de la inteligencia artificial y sus implicancias para la memoria colectiva, la privacidad y la democracia.
En las próximas décadas, aproximadamente dos mil quinientos millones de personas fallecerán, dejando una huella digital acumulada. Carl Öhman, sociólogo sueco y autor de libros sobre datos póstumos, sostiene que este fenómeno representa uno de los mayores problemas sociales del siglo XXI. En diálogo con Diario De Actualidad, aborda la concentración de datos en plataformas privadas, la falta de protección legal para los fallecidos y el rol de la inteligencia artificial en la configuración del pasado colectivo.
Sobre los datos póstumos como materia prima
Öhman explica que los datos de los fallecidos no son un subproducto de la tecnología digital, sino materia prima para ella. “Tus datos solo existen mientras haya alguien dispuesto a pagar para que estén en un servidor”, señala. Almacenar datos es costoso y requiere energía, y los centros de datos pertenecen a empresas privadas. “Cada vez más monopolizamos el acceso a nuestro pasado colectivo en manos de un puñado de gigantes tecnológicos”, afirma.
Archivos digitales y control del pasado
El investigador compara el acceso futuro a datos personales con la digitalización de archivos históricos, como los del partido nazi en Alemania. Mientras que esos archivos están dispersos en múltiples instituciones, los datos digitales están concentrados. “Es muy fácil monopolizar y controlar esos archivos”, dice Öhman, y advierte que, a diferencia de los registros históricos, los datos digitales incluyen información biológica, como ADN enviado a corporaciones privadas.
Regulación y ausencia de protección para fallecidos
Öhman señala que el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) de la Unión Europea excluye a los individuos fallecidos. “Los muertos no votan”, explica, lo que desincentiva a los políticos a legislar sobre el tema. “Nadie aboga por ellos”, agrega. Esta falta de regulación permite que, si una plataforma quiebra, los datos de millones de fallecidos puedan ser subastados sin control.
Vulnerabilidad geopolítica de los datos
El sociólogo advierte que los gigantes tecnológicos no son eternos. “Tarde o temprano tendrán que pasar por reestructuraciones, donde sus datos serán vendidos”, dice. “Es posible que los usuarios de Facebook sean subastados a una empresa china o rusa”. Los vivos pueden protestar, pero los muertos carecen de protección. Öhman menciona el riesgo de chantaje geopolítico: “Todos nuestros líderes políticos tienen rastros de datos en estas plataformas antes de llegar al poder”.
Inteligencia artificial y relación con los muertos
Öhman analiza el uso de IA para recrear a fallecidos como bots conversacionales. “Cada nueva tecnología de la información se ha utilizado para comunicarse con los muertos”, dice. No obstante, advierte que la ética del uso de estas herramientas depende del sistema económico en el que se implementen. “Si se convierte en un negocio donde la gente es manipulada emocionalmente, es poco ético”, sostiene.
Poder emergente y comparación con instituciones religiosas
El investigador compara el poder de las empresas de IA con el de las instituciones religiosas. “Las instituciones religiosas solían ser las custodias del pasado. Hoy, ese poder lo poseen las empresas de inteligencia artificial”, afirma. Öhman sostiene que al chatear con ChatGPT se está “chateando con nuestro pasado digital colectivo”. Cita a George Orwell: “Quien controla el pasado controla el futuro”.
Regulación como consolidación de monopolios
Öhman critica que la regulación europea, como el RGPD, termine beneficiando a las grandes plataformas. “Nadie puede cumplir con las demandas del RGPD excepto ellos”, dice. Sobre la iniciativa de OpenAI de pedir licencias para IA, afirma: “Fue puramente por interés comercial. Las grandes empresas intentarán acabar con la comunidad de código abierto”.
El caso argentino y la IA como principio estructurador
Consultado sobre la propuesta del presidente Javier Milei de crear una ley para empresas gestionadas completamente por IA sin responsables humanos, Öhman la califica como “una jugada trampa”. Compara esta externalización del poder con mecanismos religiosos: “Antes se decía ‘lo dijo Dios’, luego ‘lo dice el mercado’, ahora ‘lo dice la IA’”. Öhman subraya que “no hay nada de libre en reemplazar la regulación con la IA. Es el reemplazo de un tipo de poder por otro”.
