El imán Marwan Gill: «El país donde no siento islamofobia con mi esposa es Argentina»

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El presidente de la Comunidad Musulmana Ahmadiyya en Argentina dialogó con Punto a Punto Radio sobre la convivencia interreligiosa en Córdoba, los prejuicios sobre el islam y su posición sobre el conflicto en Medio Oriente.

En Córdoba, donde la comunidad musulmana convive desde hace años con una sociedad de fuerte tradición católica, los prejuicios sobre el islam todavía aparecen ligados a palabras como terrorismo, fanatismo o violencia. El imán Marwan Gill, presidente de la Comunidad Musulmana Ahmadiyya en Argentina, sostiene que buena parte de esas asociaciones nacen del desconocimiento. «Muchos de nuestros miembros son argentinos, comen asado, toman mate», explicó para marcar una diferencia que considera central: ser árabe y ser musulmán no es lo mismo.

Nacido en Alemania, hijo de paquistaníes y radicado en Argentina desde hace una década, habla desde una experiencia atravesada por distintas culturas y religiones. En diálogo con Punto a Punto Radio reivindica la convivencia religiosa que encontró en el país, cuenta cómo vive su comunidad en Córdoba y plantea que las diferencias teológicas no deberían impedir el diálogo. La conversación también giró en torno a la situación de las mujeres en el mundo musulmán, la guerra en Medio Oriente, la posición argentina, el papel del Papa y el futuro de las Naciones Unidas.

— ¿Cómo ve la llegada del Papa a la Argentina? ¿Qué significado tiene?

— Como imán, una voz musulmana, celebro que venga el Papa a Argentina, y cualquier voz, cualquier persona con esa mirada de transmitir paz, unión, fraternidad y reconciliación. Creo que es importante dejar las diferencias atrás y aprovechar ese momento para marcar un antes y un después. Sobre todo, que no quede esta visita para los archivos históricos o para la foto, sino que realmente podamos aprovecharla para generar ciertos cambios. Yo vivo acá hace 10 años y siento una cierta contradicción. En términos religiosos, los argentinos tienen una apertura enorme, ejemplar, en el sentido del diálogo interreligioso. Cuando estuve en Europa y salió toda esa controversia sobre Argentina, si fuera un país racista, yo vi en primera persona y para mí fue casi un shock. Yo noto lo contrario: el país donde no siento islamofobia con mi esposa es Argentina.

— ¿Usted cree que en Argentina no hay grieta religiosa?

— No hay, gracias a Dios. Todo lo contrario. Creo que somos incluso un modelo de convivencia y fraternidad interreligiosa. Como imán, muchas veces me resulta más cómodo ir a una sinagoga, a una catedral y hablar sobre las diferencias teológicas, que son irreconciliables entre judíos, musulmanes y cristianos. Lo que sí veo más sensible y complicado es tener la apertura para dialogar o reconocer las diferencias en el ámbito social y político. Somos una democracia joven si lo comparamos con otras, pero no es una excusa para repetir los mismos errores y seguir dando vueltas en el laberinto.

— ¿Cómo se sienten recibidos los musulmanes en Córdoba? ¿Hay discriminación?

— El tema de las redes sociales nos afecta a todos y, cuando hablamos de las redes sociales, aparecen las famosas fake news. Ahí sí ves cierta agresión, ciertas publicaciones que preocupan. Pero yo vivo en la vida real. En mi caso no he visto discriminación. Participamos cada año en la Feria del Libro, en Córdoba, en Buenos Aires y en muchas actividades. La gente tiene curiosidad y también es cierto que hay prejuicios. Pero esos prejuicios se arraigan en la ignorancia. Mucha gente, quizás el común cordobés, nunca ha visitado una mezquita o hablado personalmente con un musulmán. Su única fuente de información son las redes sociales o los medios de comunicación, donde circulan muchos malentendidos. Si preguntás a un cordobés promedio, te va a asociar el islam con la violencia, el terrorismo o el fanatismo. Pero islam literalmente en árabe significa paz y el Corán condena categóricamente el terrorismo.

— ¿Qué percepción cree que existe sobre el islam?

— Hay prejuicios por el tema del fanatismo o por el tema de la mujer. Yo también reconozco que el mundo musulmán atraviesa ciertos problemas. Mi disenso con algunas voces de Occidente es utilizar el islam como chivo expiatorio. Una persona machista en una sociedad árabe no es machista por ser musulmán. Una persona fanática, violenta o extremista no es así porque sigue nuestra religión. Si me preguntan qué pasa en Afganistán con las mujeres, estoy 100% de acuerdo con esa crítica. Pero prohibir a la mujer el acceso a la educación o la participación en la vida pública va contra las enseñanzas del islam. También está el tema del velo. El único criterio para que la mujer lo use es su propia elección y decisión. Me duele tener, por un lado, extremistas que imponen el velo a la mujer en nombre de la fe y, del otro lado, en Europa, extremistas que imponen a la mujer quitárselo. Ambos contradicen la propia elección y voluntad de la mujer.

— Usted también representa a una corriente particular dentro del islam. ¿Qué características tiene?

— El mundo musulmán somos dos mil millones de seguidores. Es casi un cuarto de la población total de la humanidad. Hay más de 50 países musulmanes y más de 70 corrientes o escuelas teológicas. Yo represento en Argentina a la Comunidad Musulmana Ahmadiyya. Nuestra comunidad nació en la India en el siglo XIX y nuestra misión principal es reformar a los musulmanes, unirlos y rejuvenecer las enseñanzas verdaderas y auténticas del islam.

— ¿Ser árabe y ser musulmán es lo mismo?

— No. Son dos cosas totalmente diferentes. Yo no soy árabe, cero por ciento sangre árabe. Soy alemán, hijo de paquistaníes. Acá muchos de nuestros miembros son argentinos y comen asado, toman mate. No siguen una cultura asiática, pero sí son musulmanes. El islam no transmite una cultura en particular. Es una religión flexible que brinda enseñanzas y pautas, pero después vos podés adaptarte según tu cultura.

— ¿Cómo observa la postura del Gobierno argentino en el conflicto de Medio Oriente?

— En el mundo globalizado hay alianzas y aliados. Desde la campaña, el presidente Milei anunció su apoyo a Estados Unidos e Israel. Lo que sí creo es que, en una guerra, hay que quitarse los anteojos con los que queremos analizar todo desde intereses geopolíticos o alianzas estratégicas. Porque en una guerra el precio principal lo pagan siempre los civiles. En Gaza, mi preocupación son los niños y las personas que no tienen nada que ver con las posturas políticas de un grupo terrorista. En una guerra hay que quitarse esos anteojos y mirarlo desde una mirada moral y ética. Al final, el precio principal lo van a pagar civiles. No se trata de estar a favor de Israel o a favor de Palestina. Es simplemente una postura a favor de la paz y en contra de la guerra. En momentos en que casi se puede decir que estamos al borde de una guerra mundial, es importante priorizar la paz, la fraternidad y el bienestar del mundo entero.

— ¿Los líderes religiosos todavía tienen peso para intervenir en estos conflictos?

— Me preocupa ver cómo actúan los líderes políticos y los representantes políticos, cómo juegan con ese fuego. Si pensamos en una guerra nuclear, no somos solamente nosotros: están las futuras generaciones. Uno creía realmente en la legitimidad de las Naciones Unidas, que nacieron con la premisa de garantizar la paz entre las naciones. ¿Dónde están? ¿Dónde quedaron? No defiendo las Naciones Unidas como un modelo perfecto. Por supuesto hay que reformar y cambiar ciertas cosas. Pero ahora, si desaparecen las Naciones Unidas, ¿cuál es la alternativa?

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