Según explicó el especialista español, el sistema nervioso infantil atraviesa los primeros años una fase de máxima sensibilidad para incorporar nuevos dialectos y sonidos con fluidez natural.
David Bueno, neurocientífico, afirmó en una entrevista concedida al canal de YouTube Tengo un plan que “el cerebro está atento a aprender idiomas desde los seis meses a los cinco años”. Según explicó, el tejido nervioso sufre modificaciones que facilitan la construcción de competencias comunicativas esenciales. El contacto diario con diferentes lenguas impulsa la incorporación natural de fonemas y reglas gramaticales, sobre todo cuando los estímulos forman parte de las dinámicas cotidianas del hogar.
La especialización auditiva en la primera infancia
A pesar de la importancia de esta etapa inicial, el aprendizaje idiomático es posible más allá de los cinco años. La mente humana preserva su propiedad adaptativa a lo largo de toda la existencia, aunque las estrategias cognitivas varían con los años.
Desde los primeros meses, los bebés detectan regularidades acústicas en su entorno próximo. Aunque la expresión oral todavía no se manifieste, el órgano pensante procesa datos vinculados con la comunicación humana. Cerca de los seis meses, los niños diferencian múltiples contrastes fonéticos, incluso aquellos ajenos a su idioma materno habitual. Conforme transcurre el tiempo, la percepción auditiva ajusta su enfoque exclusivamente hacia los sonidos predominantes del entorno social inmediato.
Esta dinámica justifica por qué los menores criados en contextos plurilingües adquieren soltura con ambas lenguas desde edades tempranas. La plasticidad neuronal cumple un rol central en este fenómeno: cualidad que define la aptitud de las estructuras internas para alterar sus conexiones en respuesta a nuevas vivencias. Si bien esta característica persiste durante la adultez, la captación lingüística muestra una sensibilidad máxima durante la niñez.
Por esta razón, la exposición temprana a otros idiomas ayuda mucho con la pronunciación. De todos modos, el cariño y la constancia al hablarles siguen siendo factores clave.
Una preocupación recurrente entre los padres gira en torno a la posibilidad de que la enseñanza simultánea de dos idiomas genere confusiones o retrasos en el habla. Los estudios científicos sobre bilingüismo infantil descartan que manejar múltiples lenguas provoque trastornos comunicativos por sí solo.
En ese sentido, los menores aprenden a segmentar las lenguas escuchadas y las emplean según los interlocutores o las circunstancias sociales. Asimismo, resulta frecuente que los niños mezclen vocablos de distintas procedencias dentro de una misma charla durante ciertas fases de su crecimiento.
Aquella conducta no representa un problema patológico, sino que refleja un hito evolutivo dentro de la normalidad infantil. Debido a esto, los especialistas recalcan la necesidad de impulsar este proceso mediante vivencias dotadas de sentido afectivo. Conversar con los pequeños, leerles relatos tradicionales, entonar canciones o compartir actividades lúdicas representan recursos muy efectivos para estimular el desarrollo lingüístico integral.
