Dos personas con una misma enfermedad pueden experimentar dolores distintos y responder de manera diferente a los tratamientos. Factores genéticos, ambientales, psicológicos, sociales y culturales intervienen en esa variabilidad. La investigación clínica se concentra en países de altos ingresos, que albergan cerca del 70% de los ensayos clínicos, mientras que los países de ingresos bajos y medios reúnen el 80% de la población mundial.
Dos personas con una misma enfermedad pueden experimentar dolores muy distintos. Una puede responder bien a un tratamiento y otra no; una puede recuperarse y otra convivir durante años con un dolor persistente. La respuesta no depende solamente de la lesión o de la enfermedad. También intervienen factores genéticos, ambientales, psicológicos, sociales y culturales.
Sin embargo, buena parte de lo que se sabe sobre el dolor proviene de investigaciones realizadas en una porción limitada del mundo. Los países de ingresos bajos y medios reúnen alrededor del 80% de la población mundial, pero la investigación clínica se concentra en los países de ingresos altos. Según estudios internacionales, estos últimos albergan cerca del 70% de los ensayos clínicos. No se trata solamente de una distribución desigual de recursos. También es un problema para la calidad del conocimiento que se produce.
Cuando se estudia un fenómeno tan complejo como el dolor en poblaciones relativamente homogéneas, se corre el riesgo de obtener respuestas que no puedan trasladarse de la misma manera a todas las personas. La diversidad no es, en este caso, un requisito meramente representativo: es una oportunidad científica. Investigar en contextos diferentes permite formular preguntas que de otro modo quedarían fuera del laboratorio y del consultorio.
América Latina ofrece un ejemplo claro. En la región conviven ambientes, condiciones laborales, trayectorias de vida y formas de acceso a la atención médica muy diversas. ¿Cómo influye el estrés económico sostenido en la evolución del dolor? ¿Qué relación existe entre las condiciones de trabajo y su cronificación? ¿Por qué las personas expresan y afrontan el sufrimiento de maneras diferentes? Comprender estas interacciones puede ayudar a desarrollar tratamientos más adecuados para distintas poblaciones.
Existe otra particularidad. En muchos países de ingresos bajos y medios, el acceso a los analgésicos opioides es considerablemente menor que en los países ricos. Esa desigualdad constituye un problema serio para quienes necesitan aliviar su dolor. Pero también abre la posibilidad de estudiar mecanismos y alternativas terapéuticas sin algunos de los factores que introduce la exposición prolongada a estos medicamentos. Reconocer una oportunidad de investigación no significa, por supuesto, justificar la falta de acceso al tratamiento.
Durante demasiado tiempo se pensó que los países con menos recursos debían limitarse a aplicar conocimientos desarrollados en los grandes centros científicos. Esa mirada desconoce la capacidad de numerosos equipos de América Latina, Asia y África para producir investigación básica, clínica y traslacional de calidad. También ignora que sus poblaciones y sus contextos pueden contribuir a descubrimientos relevantes para todo el mundo.
El desafío no consiste simplemente en trasladar ensayos clínicos hacia lugares donde resulten menos costosos. Se necesitan colaboraciones genuinas, en las que los investigadores locales participen en la definición de las preguntas, el diseño de los estudios y la interpretación de los resultados. También hacen falta inversión sostenida, formación de profesionales, redes regionales y políticas públicas que reconozcan al dolor crónico como un problema prioritario de salud.
El dolor atraviesa fronteras, edades y condiciones sociales. La ciencia que busca comprenderlo también debería hacerlo. Incorporar a quienes históricamente quedaron fuera de las investigaciones no es solo una cuestión de equidad: es una condición para conocer mejor el dolor y encontrar respuestas que beneficien a más personas.
Florencia Coronel, Pablo Brumovsky y Marcelo Villar son Investigadores del CONICET y de la Universidad Austral.
