El 13 de septiembre de 1931, el poeta Federico García Lorca pronunció un discurso en la inauguración de la primera biblioteca pública de Fuente Vaqueros, su pueblo natal. En esa alocución, formuló la frase «Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro».
El 13 de septiembre de 1931, el poeta Federico García Lorca pronunció un discurso en la inauguración de la primera biblioteca pública de Fuente Vaqueros, el pueblo granadino donde nació. La frase más citada de esa alocución fue: «Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro».
El discurso fue leído en voz alta ante los vecinos de la localidad, en el contexto de la Segunda República española, proclamada meses antes. Lorca aclaró al inicio que prefería leer sus conferencias antes que hablar de manera espontánea, siguiendo, según dijo, la práctica de Benito Pérez Galdós y de otros poetas y escritores. Sostuvo que la expresión escrita «es mucho más duradera porque queda escrita y mucho más firme».
La frase sobre el pan y el libro aparece en el tramo más político del discurso. Lorca la introdujo con una cita bíblica —»No sólo de pan vive el hombre»— y la convirtió en declaración personal. «Yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales», agregó.
El poeta ubicó la cultura al mismo nivel que la alimentación, pero señaló una diferencia: el hambre del cuerpo se calma con un pan; el hambre del alma, no. «Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía», dijo Lorca en ese mismo discurso.
Para ilustrarlo, recurrió a Fiódor Dostoyevski, a quien llamó «padre de la revolución rusa mucho más que Lenin». Contó que el escritor, prisionero en Siberia, le escribía a su familia con un único pedido: «Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera».
Lorca habló ese día como hijo del pueblo. Recordó que su madre había enseñado a leer a muchos vecinos de Fuente Vaqueros y que su familia llevaba generaciones ligada a la cultura local. La biblioteca que inauguraba era, según él, «la primera seguramente en toda la provincia de Granada». La describió como «una voz contra la ignorancia; una luz perenne contra la oscuridad».
En ese marco, pidió a quienes tenían fortuna que donaran dinero para comprar libros, y a quienes no la tenían, que fueran a leer. «La cultura», afirmó, es «el único medio de su liberación económica y social». También anunció que escribiría a editoriales de Madrid —la Residencia de Estudiantes y la Editorial Ulises— para conseguir colecciones completas, y prometió enviar sus propios libros y los de sus amigos.
Buena parte del discurso es un recorrido por la historia del libro: desde las tablillas de arcilla de caldeos y asirios hasta el papel fabricado por prisioneros chinos en Samarcanda, pasando por los pergaminos de Pérgamo y la imprenta de Gutenberg en el siglo XV. Lorca consideró la invención de la imprenta más trascendente que la pólvora o el descubrimiento de América. «Va a causar una revolución en las almas tan grande que las sociedades han de temblar hasta sus cimientos», sostuvo.
El discurso termina con un llamado a los maestros para que enseñen a leer «no mecánicamente, sino que les inculquen el sentido de la lectura». Y cierra con una cita de un crítico francés del siglo XIX que Lorca hizo propia: «Dime qué lees y te diré quién eres».
La frase sobre el medio pan y el libro no fue, entonces, una ocurrencia poética. Fue la síntesis de un argumento construido con cuidado, ante vecinos reales, en un pueblo chico, el día en que ese pueblo tuvo su primera biblioteca.
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