En el sur de la provincia de Buenos Aires, la localidad de Estela, en el partido de Puan, quedó completamente deshabitada después de la pandemia, convirtiéndose en un pueblo fantasma.
En el sur de la provincia de Buenos Aires existe un pequeño pueblo que quedó completamente vacío y hoy es considerado uno de los pueblos fantasma más impactantes del interior bonaerense. Se trata de Estela, una localidad del partido de Puan cuya historia estuvo marcada por el ferrocarril, el auge rural y el abandono progresivo.
Fundado en 1908 con la llegada del Ferrocarril General Roca, Estela llegó a convertirse en un centro productivo importante de la región. Sin embargo, el cierre del tren y el éxodo de habitantes terminaron transformándolo en un lugar detenido en el tiempo.
La historia de Estela comenzó oficialmente en 1908, cuando se inauguró la estación ferroviaria del Ferrocarril General Roca. El nombre del pueblo homenajeaba a Estela López Lecube, hija del hacendado Ramón López Lecube, quien cedió tierras para que las vías llegaran hasta la zona. Como ocurrió con muchos pueblos rurales argentinos, el crecimiento estuvo directamente ligado al ferrocarril.
Durante la primera mitad del siglo XX, Estela tuvo comisaría, escuela, club social y una importante actividad agrícola-ganadera. Además, funcionaba allí una sede de Molisud, una de las harineras más importantes de la región. En sus años de mayor esplendor, el pueblo llegó a albergar alrededor de 100 familias.
El declive comenzó décadas después, especialmente con el cierre de los ramales ferroviarios durante los años 90. Sin el tren como eje económico y social, muchos jóvenes comenzaron a emigrar hacia ciudades más grandes en busca de trabajo y servicios. Los censos reflejan claramente ese proceso: en 2001 quedaban apenas 25 habitantes, y en 2010 solo vivían dos personas.
Durante casi dos décadas, Jorge Fajardo y María Celia Romero fueron los únicos habitantes permanentes de Estela. La pareja resistió en el lugar durante más de 30 años, cuidando las pocas construcciones que seguían en pie y manteniendo vivo el recuerdo del pueblo. Sin embargo, en 2023, luego de la pandemia, decidieron mudarse a Jacinto Aráuz por cuestiones de salud y para estar más cerca de sus hijos. Con su partida, Estela quedó oficialmente deshabitado.
En la actualidad, las calles vacías, las construcciones abandonadas y el silencio absoluto transformaron a Estela en un destino elegido por fotógrafos, viajeros y fanáticos del llamado ‘turismo fantasma’. Entre las construcciones de pie, todavía pueden verse restos de la estación, la escuela y algunas casas. El paisaje transmite una imagen muy distinta a la de sus años de esplendor: ahora predominan el viento, el campo abierto y las estructuras deterioradas por el paso del tiempo. Lo que alguna vez fue un pequeño centro productivo y social hoy permanece vacío, convertido en una especie de museo a cielo abierto donde todavía sobreviven las huellas de otra época.
