Registros históricos contradicen la imagen tradicional de una multitud con paraguas frente al Cabildo. El Archivo General de la Nación revela condiciones climáticas reales y el verdadero rol de los próceres.
El relato escolar construido alrededor del 25 de mayo de 1810 fijó en la memoria colectiva una serie de imágenes iconográficas que carecen de sustento documental. La clásica postal de una multitud desbordante frente al Cabildo de Buenos Aires, resguardada bajo paraguas uniformes mientras esperaba las novedades del desplazamiento del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, contradijo los testimonios escritos por los protagonistas. Los partes oficiales y los diarios personales guardados en el Archivo General de la Nación demostraron que las condiciones climáticas y la composición social de esa jornada tuvieron características muy distintas a las enseñadas en las aulas.
Los registros recopilados en el Diario de un testigo de los acontecimientos de Mayo, atribuido al comerciante Juan Manuel Beruti, confirmaron que las condiciones atmosféricas del viernes 25 de mayo de 1810 presentaron anomalías térmicas. El invierno se adelantó en el hemisferio sur con un frente frío que afectó directamente el estuario del Río de la Plata. La inestabilidad climática comenzó en las primeras horas de la madrugada de aquel día histórico.
El cielo se presentó completamente cubierto desde el amanecer y persistió una llovizna intermitente durante toda la mañana. Las calles de la ciudad, que carecían de empedrado generalizado, se transformaron en un lodazal intransitable que limitó el desplazamiento de los vecinos de las zonas periféricas hacia el centro político. Esta situación física provocó que la cantidad de personas congregadas en la actual Plaza de Mayo fuera sensiblemente menor a la supuesta en las narraciones pictóricas del siglo XIX.
El mito de la plaza colmada de paraguas abiertos chocó con la realidad aduanera y económica del Virreinato del Río de la Plata. En 1810, el paraguas no constituía un objeto de uso masivo ni cotidiano para los habitantes de Buenos Aires. Se trató de un artículo de lujo importado de Europa que pagaba altos aranceles de introducción y cuyo costo resultaba prohibitivo para las clases populares.
Los inventarios de las tiendas comerciales de la época indicaron que un paraguas de seda con varillas de ballena costaba el equivalente al sueldo mensual de un esclavo liberto. Los pocos ejemplares existentes pertenecían con exclusividad a las familias patricias y a los altos funcionarios de la administración colonial. La presencia de estos artefactos en la plaza se limitó a unas pocas decenas en manos de ciudadanos ricos.
La mayoría de los manifestantes que permanecieron a la intemperie utilizaron capotes de paño, ruanas de lana tejida y sombreros de hule para protegerse de la llovizna. La imagen de centenares de paraguas idénticos cubriendo la Plaza de la Victoria nació de la imaginación del pintor Pedro Subercaseaux, quien realizó sus obras un siglo después, en el marco de los festejos del Centenario de 1910. El artista introdujo dichos elementos con fines puramente estéticos para acentuar el dramatismo de la escena invernal.
La participación de Domingo French y Antonio Luis Beruti también tomó una dimensión distorsionada por la literatura romántica. Ambos hombres no funcionaron como pacíficos ciudadanos que repartían cintas celestes y blancas en una canasta. Ejercieron el rol de jefes políticos y militares de la agrupación conocida como «La Legión Infernal», un brazo armado de choque que presionó de manera directa para deponer a las autoridades españolas.
Los hombres bajo el mando de la facción jacobina portaban armas de fuego ocultas bajo sus capotes y controlaban los accesos a la plaza para impedir el ingreso de los partidarios del virrey. La distribución de distintivos existió, pero los documentos confirmaron que repartieron cintas blancas y papeles impresos. El objetivo de estos elementos fue identificar a los propios miembros de la organización revolucionaria en caso de que estallaran combates urbanos con las tropas coloniales.
El color celeste se incorporó años más tarde con la creación de la escarapela nacional por iniciativa de Manuel Belgrano. Las cintas distribuidas aquel viernes sirvieron como un salvoconducto militar para acceder a las galerías del edificio capitular donde se decidía el futuro del gobierno criollo. «Ninguno que no lleve la señal entrará al recinto del Cabildo», ordenaron las guardias apostadas en los portones principales según consta en las actas oficiales del cuerpo legislativo.
La sesión decisiva concluyó por la tarde, cuando la presión armada obligó a la conformación de la Primera Junta. El cansancio de las tropas rebeldes y el agravamiento de las condiciones climáticas precipitaron la firma del acta fundacional. Los cabildantes debieron ceder ante la lista presentada por los criollos para evitar un derramamiento de sangre en los alrededores de la fortaleza central.
El clima en Buenos Aires el 25 de mayo de 1810 se caracterizó por un intenso frío invernal y una llovizna constante que comenzó en la madrugada. Las crónicas de la época describieron el cielo como totalmente cubierto y el suelo transformado en barro, lo que redujo drásticamente la asistencia espontánea de los vecinos a la Plaza de la Victoria.
